Paseo nocturno

 Cierro los ojos, me levanto, toco el suelo para experimentar la textura y luego vuelo. Salto por la ventana, atravieso la malla sin dañarla y planeo hasta la calle. Floto a ras del suelo y voy oliendo la humedad y viendo a los gayos que hasta entonces tan solo oía.

Y acelero y me elevo. Alto.
Y le miro a los ojos y me toca las manos y me susurra al oído todos los misterios del mundo, y de los mundos. Y le atravieso sin tocarle. Y siento todos los sentimientos alguna vez experimentados. Y muero sin vivir. Y vivo sin morir. Y grito en todas las lenguas, en una sola lengua. Y veo pasar años, siglos, eras, eones. Y los veo morir mientras todo arde, y luego se apaga. Y todos los soles se apagan como luciernagas muertas. Oscuridad.
Y rompo el plano llegando a lo blanco. Donde el tiempo no transcurre y el espacio no ocupa.
Y me encojo, me ensimismo, yendo hacia adentro, al centro. Aprieto, comprimo, concentro, me oprimo... y estallo!
Y vuelo, en mil pedazos. Y ocupo, transcurro. Me enfrío y vivo.
Y me busco, me encuentro. Me construyo, nazco y recuerdo. Y vuelvo a volar como un rayo. Buscando el punto azulado, de entre tantos otros puntos y destellos que me ciegan y queman, por que otra vez siento.
Lo veo a lo lejos, pestañeo y de nuevo adentro, sobre el mar negro, profundo y tranquilo. Y acelero. Llegan las luces, el olor a humedad, a mediterráneo. El brillo en la piel. El fulgor de la luna sobre la cabeza. El canto del gallo. La ventana abierta. La cama aún tibia. Y ella sonriendo con los ojos cerrados.

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