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Cartas en el barro

Hedo es una niña de 12 años que viaja a pie y descalza, junto a su gente. Siguen las instrucciones dadas por los más viejos, para moverse a través del territorio, desde el estrecho interior a la costa pacífica, para cazar las presas que solo encuentran en la planicie superior. Hedo ama viajar. Ésta es su quinta migración. Hoy le toca atravesar el pantano que milenios más tarde se conocerá como la región de Osorno, Chile. Hedo no lo sabe, pero acaba de escribir una carta. Una carta sobre el barro y con su pie derecho. La nota lleva impresa la prueba irrefutable del espíritu osado de su pueblo, la odisea en el vientre de su madre a través de una masa de hielo eterna para conquistar el horizonte, las historias de los viejos sobre la lejana tierra que abandonaron hace tanto, y la conexión ancestral con Karen, que lee la carta con la palma de su mano, a 15600 años de distancia. De cuclillas, Karen contempla su hallazgo, la huella más antigua del continente aseguran los análisis, mientra...

Cenizas quedan

 A los seis años me regalaron mi primera bicicleta, hasta entonces juagaba con una pelota plástica que quedaba abollada durante una hora cada vez que la pateaba. La bici era roja, azul y blanca, con tres huequitos en uno de los ángulos del cuadro, debajo del manubrio, nunca supe si servían para algo. A partir de ahí decidí dejar de lado el fútbol, para lo que era bastante malo, y probar pedaleando. Amaba el fútbol, aún lo amo, pero también lo sufría. Durante un tiempo había intentado colmar las expectativas que se generaban en cualquier chico de seis años, de un barrio pobre en esta parte del mundo, jugar bien a la pelota. Pero cada intento terminaba en frustración. Las paredes de la pieza empapeladas con recortes de diarios y revistas con la cara de Medina Bello o Fernando Redondo. Alguna vez mi viejo probó llevándome a un baby fútbol, donde me tiraron en un potrero pelado con otros nueve chicos de mi edad. Corrí como un loco atrás de cada pelota durante todo el partido, pero ni s...

Rompeviento

 Cada noche la rutina era deambular descubriendo las caras noctámbulas de la ciudad. Eramos dos chicos de 16 años inquietos y curiosos. Un martes 6 de Julio, después de la escuela, a eso de las siete y media, llegué a casa y tire la carpeta sobre la cama, solo la carpeta, no tenía mochila, ni cartuchera, ni elementos de ningún tipo excepto una carpeta tamaño oficio de tres ganchos, con pocas hojas y aspecto de libreta de carnicero, según mi vieja, con una inscripción en la tapa que rezaba Welcome to the jungle. Me saqué el buzo azul, la camisa color caqui y el pantalón azul recto, uniforme del colegio de oficios conocido como la Escuela del trabajo, que nada tenía que ver con mis aficiones o perspectivas futuras, no tenía perspectiva alguna en realidad, y me calsé el jean desflecado, una remera negra manga larga y la campera rompeviento. Caminé hasta la cocina, abrí la heladera y saqué la mayonesa, me hunté dos rodajas de pan y me las comí enseguida. Sonó la puerta, me subí el c...

Revolución

Oscuras y eternas. Así son las noches pleistocenas. Para un erectus toparse con la oscuridad fuera de la protección de su cueva era casi una sentencia a muerte. Pero el hambre es desafiante, como los lobos, y las tripas de Prometeo aullaban en una noche sin luna. El viento helado de la tundra se cuela entre las pieles de las bestias desolladas, que ahora calientan su cuero. Los pies curtidos avanzan ligeros en la penumbra. Los brazos pendulantes pero prestos, hamacan la lanza. Y la cabeza estirada hacia adelante, con la nariz alzada y las orejas agudas, intentan descifrar el silencio. De pronto otra vez esas raíces brillantes en el cielo, pero ésta vez una besa el suelo a lo lejos y le sigue un rugido espantoso. Prometeo toma la posición que lo distingue como especie y observa. Hay un sol en la tierra. Y contrariamente a sus instintos, o tal vez no, corre hacia el fuego. Y mientras corre su bello se cae, su frente se ensancha y su imaginación estalla.